A mis veintidós puedo jactarme de haber conocido más cosas de las que esperaba conocer hace pocos años. Y puedo ilusionarme pensando en que aún me queda mucho camino por recorrer. Hace no mucho mi concepción sobre piloto no iba más allá de la idealización que dibujan los medios: estrellas, tipos serios y ocasionalmente con un bigote marcado y un cigarro casi apurado en la boca. El tiempo me ha hecho ver que no es así.
No pasa desapercibido por los tramos. Eso es seguro. Con su mochila llena de experiencia, Jesús Perez, Txutxi, es un personaje peculiar. A bordo de un Peugeot 208 R2 desde el final de la campaña pasada acarrea varios resultados muy buenos. Victorias, podios y tres actuaciones en el nacional de asfalto que no dejan indiferente a nadie.
En Asturias, la primera del CERA que corría en 2017, se quedó a tan sólo 3 segundos del podio de la categoría, llegándolo a ocupar durante buena parte de la carrera. En Llanes tuvo que abandonar en un gesto de camaradería sin igual al cederle su puente trasero a Efrén Llarena para que éste pudiera seguir. La última cita, Cantabria, estaba siendo la confirmación de Txutxi como piloto a tener en cuenta en R2. Pasado el ecuador ocupaba el tercer escalón con más de un minuto de ventaja sobre Óscar Corona. Pero la mala suerte quiso que, tras una zona bacheada, su Peugeot se precipitara contra un muro perdiendo así cualquier posibilidad de llegar a meta.
El vasco anunciaba a través de su página de Facebook que les tocó vivir el lado más feo de los rallyes. Y, ciertamente, un contratiempo así es algo que, por desgracia, suele ocurrir en este deporte. Un deporte desagradecido que no perdona ni el más mínimo error y que, eventualmente, deja el protagonismo a la rueda de la fortuna para que, sin culpa de piloto, copiloto o mecánicos, se estropee alguna pieza. Bien pensado, hay que amar mucho todo lo que rodea y esquiva a esos momentos de mala suerte para seguir invirtiendo dinero y tiempo en algo así.

Para Txutxi, es su deporte. Y para el mundo de los rallyes, Txutxi es un fuera de serie. Historias de superación y de gente que parecen super héroes conocemos muchas. Pero historias con un protagonista como él seguramente conozcamos menos. Porque lo suyo no es sólo superación o amor hacia el automovilismo. Va más allá, y hace unos meses tuve la suerte de poder comprobarlo.
Txutxi es un hombre enfermo de positivismo y de bondades. Y su enfermedad es altamente contagiosa e incurable. Vivir durante unos días en su entorno es suficiente para ver la vida desde otra perspectiva más desenfadada y amplia. Su manera de hablar, de actuar y de ser es capaz de alejar nuestro horizonte más allá de la punta de nuestra nariz para darnos cuenta de que el mundo es algo más que un rally lleno de mala suerte. Hay vida más allá de todo eso. Y es un hombre vacunado contra cualquier tipo de prejuicio. Enseña su pierna ortopédica sin ningún tipo de reparo y hace bromas sobre ella. Su humor es tan envidiable como su positivismo. Se notan las visitas que ha hecho a mi tierra, Andalucía, en las que descubrió el mundo de las procesiones y de los «al cielo con ella».
Tipos como Ogier, como Sordo o como Tänak son la élite. Negocian cada giro más a fondo de lo que permite la lógica y levantan al público que se amontona en los márgenes de la carretera. Tipos como Txutxi Pérez, además, te dan parte de su tiempo para que entiendas un poco mejor al mundo y para que abras tu mente más de lo que podrás abrirla jamás en el colegio o en la universidad. Tipos así, como los primeros, son de agradecer. Tipos así, como el segundo, son los necesarios y quienes merecen más a menudo ser los protagonistas.
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