Es el mal endémico de los rallyes. En un deporte en el que la igualdad es siempre relativa, una utopía, tratar de igualar las barajas de cada piloto para que el día de la prueba la diferencia entre unos y otros sea la menor posible es el principal objetivo. Aquí entran en juego factores que desequilibran irremediablemente la balanza: que unos pilotos tengan más medios, que pasen habitualmente por ciertas carreteras…
En ‘Quo Vado’ (‘Un italiano en Noruega’ en España), una comedia italiana estrenada recientemente en nuestro país, el protagonista es un funcionario que un día tiene que elegir entre cobrar una indemnización por despido o trabajar en una región más lejana, lejos de su familia y de sus amigos. La trama cuenta todas las argucias que tendrá que hacer para mantener su trabajo y su tan codiciado sueldo, manteniendo un pulso con la delegada la cual intentará siempre que deje el trabajo poniéndole destinaciones cada vez más alejadas.
Diferencias evidentes aparte, el ingenio de Checco (el protagonista) y el ingenio de ciertos pilotos para mantener su estatus favorable en ciertos rallyes es similar. Al final nadie quiere salir de esa zona de confort, uno por comodidad y otros por cobardía. Sin importar cuán lejos sea el destino o el rally. Sin importar que cada vez la Federación lo ponga más difícil.
Y este mal endémico, por desgracia, no tiene una solución fácil. Vigilar cada tramo en las semanas anteriores al rally es inútil: nadie puede impedir a nadie transitar ninguna carretera siempre y cuando respete las normas viales. El verdadero problema viene cuando no se cumple lo último, cuando cierto tramo tiene a una decena o dos de pilotos pasando con sus vehículos de calle a altas velocidades. Y, de nuevo, entra en juego el ingenio: se eligen horas de poco tránsito y se recorren en varias jornadas, con pelucas, con vehículos de alquiler.
Entonces, ¿qué? Se opta por aceptarlo y resignarse. El ambiente general el día o los días posteriores a que algún piloto haya sido cazado es el mismo: «si es que todos lo han hecho alguna vez y, además, ¿de qué sirve hablar de esto si nadie toma cartas en el asunto?». Conversaciones de a pié que no van a cambiar nada. Y que, no obstante, dejan ver el malestar que hay. Entonces, ¿sobre quién recae la responsabilidad de sancionar o castigar? Las Federaciones son las señaladas en estos casos, y ciertamente no tienen una papeleta fácil.

Pongamos como ejemplo lo sucedido en el pasado Rally Princesa de Asturias. Hay un tramo nuevo en el itinerario que no se ha celebrado antes y del que, como es evidente, no se pueden tener apuntes. Sin embargo, supuestamente siete pilotos – que aparecen reflejados en cierta acusadora lista publicada de forma anónima y de fuente desconocida – fueron pillados con notas y, siendo citados a declarar, algunos de ellos alegan que dichas notas las han tomado del vídeo que hay colgado en la plataforma de YouTube. Difícil pero factible. La excusa, veraz o no, sirve. Asunto distinto es que guste.
La resolución del asunto queda en nada, y esto tampoco gusta. Pero hay que partir una lanza en favor las autoridades. ¿Alguien sabe si lo alegado es cierto o no? Ciertamente pueden tomarse notas a partir de un vídeo. Es una tarea muy difícil y poco provechosa pues los giros engañan y no se tiene toda la información que se tiene en vivo. Pero, repito, es factible. Y si es factible no puede ser punible. Por muy difícil que sea.
Al final la responsabilidad principal tiene que recaer sobre el propio piloto. Saber que hay rivales que lo hacen en ocasiones crea un ambiente de sugestión para hacerlo. Nadie quiere perder y nadie quiere estar en una situación desfavorable. Especialmente si hay en juego un campeonato, un patrocinio o un premio. Esto me recuerda a un fragmento de otra película.
En ‘El ídolo’, un largometraje que cuenta la vida deportiva de Lance Armstrong, tras una rueda de prensa del mismo, charlan dos periodistas sobre publicar o no las irregularidades que está llevando a cabo el ciclista. «Lo siento, David. Ya sabes cómo son estas cosas. Todos tenemos que beber del mismo abrevadero y si uno de nosotros decide escupir en la sopa…» dice el primero. «John», le corta el segundo, «¿no te parece raro que tengamos que beber sopa de un abrevadero?».













