Vuelvo cada poco a un vídeo colgado en Youtube hace ocho años. «Kalle Rovanperä, ¿futura estrella del rally?» es su título traducido al castellano. No lo veo siempre, pero mi cabeza me golpea recurrentemente con aquel título cuando el chaval, hijo del ex-mundialista Harri Rovanperä, firma un buen fin de semana. Es decir, cada poco tiempo. Quizá a modo de burla involuntaria por mi escepticismo cuando firmaban por el futuro de un crío de ocho años.
Vivimos en una época nueva. Ahora es relativamente sencillo que los chavales aprendan a correr en edades tempranas con vehículos de primer nivel. Antaño quizá no se tenía por costumbre inculcarles la profesión de piloto, o quizá era efectivamente más difícil, bien por recursos tecnológicos o bien por recursos económicos. El caso es, en definitiva, que gracias a ese avance es común ver muchos talentos jóvenes que destacan desde las categorías bases, asentando las tablas necesarias para acelerar su proceso de aprendizaje.
El hábito hace al monje. Pero no construye a un buen monje, sino que lo viste de algo que quizá es, o quizá no es. Un hombre con un hábito, con el traje, puede hacerse pasar por monje -o por lo que quiera-, aunque ello no garantice su calidad como miembro de cualquier entidad religiosa. De igual modo, correr mucho hace a un piloto ser piloto, pero no un buen piloto. Le enseña las nociones básicas, las teóricas y las prácticas, para ser correcto dentro del trazado. Quizá, con suerte, le da algo de velocidad que le permite colarse en podios.
En ese punto hace falta algo más. La habilidad no es una ciencia exacta. Puedes nacer con ella o puedes trabajarla. El caso más claro es el caso del fútbol, de la dicotomía entre Leo Messi y Cristiano Ronaldo. Uno ha llegado a la élite gracias en gran parte a su talento; el otro, al entrenamiento duro.

Tocado por la mano de dios.
Con dieciocho años, punto de inflexión de la efervescencia adolescente, donde convergen en la mente un batiburrillo de pensamientos variopintos, tener la cabeza fría es difícil. Un rally es tremendamente largo, más de lo que el aficionado puede apreciar desde fuera, y en su longitud kilométrica se suceden muchas situaciones que fácilmente pueden desconcentrar al piloto.
Kalle Rovanperä aventajaba este fin de semana en un minuto a Pontus Tidemand en apenas 100 kilómetros. Como contexto, Pontus es un piloto rápido y mucho más experimentado en pruebas oficiales que Kalle. Además, esta era sólo la segunda participación del hijo de Harri en Gales por la tercera del sueco. Ya en Alemania demostró su candidatura el año que viene al WRC-2 al competir de tú a tú con Jan Kopecký.
Segundo en el país teutón, posiblemente aquella fecha supuso su graduación como mundialista. Batalló a brazo partido con Kopecký desde el primer tramo y perdió por tan sólo tres segundos. Ahí Rovanperä tenían aún diecisiete años, por los 36 años, seis campeonatos nacionales y dos campeonatos continentales de Kopecký. Y, además, fue el debut de Kalle en Alemania. Nunca antes había recorrido sus tramos rápidos, estrechos, sucios y rotos.

No es sólo talento; ni sólo trabajo.
Remontando hacia el tema del talento, ha habido multitud de pilotos talentosos en la historia de los rallyes. En España hemos tenido varios en la última década y media. Pero no llegan a eclosionar. Son mecheros que arden rápido con el paso de los kilómetros. Corren mucho, ponen presión en sus rivales, y lamentablemente nada más. Los dieciocho no es la única época de efervescencia mental, y saber controlarla es vital para llegar a meta.
Igual de importante es el trabajo. Sin un mínimo de talento trabajar es frustrante, tratando de evolucionar sin poder dar caza a aquellos que han nacido tocados. Los pilotos más trabajadores son pilotos que llegan a asentarse en su categoría, fiables, pero siempre acaba llegando alguien con ese talento innato que acaba desbancándoles.
Y, entre medias, está Kalle Rovanperä. Tocado por dios y trabajador. Lleva desde infante dando volantazos y aprendiendo la teoría de las carreras. Es un piloto consistente y serio a pesar de su corta edad. Alemania lo dejó entrever y Gales lo ha dejado claro: Rovanperä se postula como uno de los mejores pilotos globales del momento. No es cuestión de suerte, de talento o de trabajo: es una mezcla de todo lo que hace de Kalle Rovanperä, hijo de Harri Rovanperä, el piloto más al alza del mundial.














